La rebelión de los becarios salvajes

Como desde que te echaste novio, estás de un tranquilo, de un soso y de un petardo que no te aguanta ni Cristo, has empezado a vivir a través de las vidas divertidas y moralmente cuestionable de los demás (que vueltas da la vida, eh mona?) Pues eso, que te has convertido en una especie de gruta de los secretos a la que todo el mundo cuenta sus cosas, básicamente porque como todos saben que tú ya las has liado muchísimo más petardas, no les vas a juzgar. Y claro, has pasado de gruta de los secretos a confidente, y de ahí a mamá pato de la mitad de tu departamento.

Total, que llega un día en el que por razones que no comprendes, tus jefes deciden llevaros a ti, pobrecita persona, y al resto de la oficina a una de estas moderneces que se han puesto de moda para fomentar el trabajo en equipo, la hermanación y no se qué mediante la práctica de juegos, gincanas y demás actos sadomasoquistas. Evidentemente, a ti el plan sólo te empieza a parecer bien cuando ves que va a haber alcohol. Y evidentemente, a la horda de becarios y jovenzuelos de la oficina (cada día vas a trabajar con el miedo de que se presente ahí UNICEF y manden a todos los niños a casa, ya que por mucho que juren y perjuren que tienen la carrera terminada, no les echas más de 13 años a ninguno) le parece aún mejor.

 

Después de pasar unas 14 horas al sol bebiendo hasta las copas de los árboles, llega el momento de volver a la civilización en autobús. En tu vida vuelves a pisar uno de esos medios de transporte endemoniados a menos que te den dinero.

Nada más montar, un grupo se pone a cantar, otro a berrear, y los que quedan se dedican a pasarse botellas de tinto de verano de las que todos bebéis con alegría y emoción (coño con el team building, un poco más y generáis un supervirus a base de beber a morro de la misma botella). Bebiendo estabas tan tranquila, cuando al prepúber que tenías al lado (no llevaba ni un mes en la oficina el pobre) le pegan un coscorrón en la nariz, con tan feliz suerte que se pone a sangrar como un cochino. Y ya no solo que se ponga a sangrar, que pobrecico y tal, sino que va el fulano y sangra SOBRE TI. Un momentito, vamos a ver. No te las has arreglado para permanecer viva todos estos años y manteniendo además una fachada más o menos decente, para tener que transitar ahora por la calle, a tu edad, con un reguero de sangre por la camiseta como si fueras la hermana perdida de Jack el destripador. De pronto sale la señora de mediana edad con bata y rulos que llevas dentro, y te sacas un kleenex del bolso para limpiarle los churretones de sangre de la cara al otro, como si fueras una profe de guardería en un parque.

No has terminado con la sangre del pobre infeliz, cuando te giras para ver si alguien te puede dejar más kleenex (no te acaba de parecer buena idea seguir limpiándole aquello con un ticket del taxi) y ves como a un palmo escaso de distancia de tu brazo, tienes a otros dos becarios en celo en pleno ritual de cortejo. En ese momento, te conviertes en Sor María del Santísimo Sacramento (quién te ha visto y quién te ve, en serio) y les dices educadamente a los becarios que si se lo van a montar sobre tu bolso, que te avisen para que lo retires, si no les viene mal. Al verse interrumpidos, la becaria, demostrando tener menos memoria a corto plazo que Dory la amiga de Nemo, y con una caraja tal que le exprimen el hígado y le sacan su propia denominación de origen, se incorpora, ve otro becario por ahí y se pone a gritarle cosas parecidas a “vente p’aca moreno que te voy a dar lo tuyoooooo”. A 7 filas de asientos de distancia. Y sin capacidad de pronunciar correctamente todas las consonantes. A todo esto, seguíais en el autobús este con todos los jefes, el socio fundador, el gobierno en funciones y el mismísimo Dios, por si faltaba alguien por ahí. Y eso sí, sobrios lo que se dice sobrios crees que sólo había dos. Y contando con el conductor.

Después de una hora de ir de aquí para allá atendiendo borrachos en diferentes niveles de embriaguez por todo el bus, (todo entre los típicos, “eres una tía de puta madre, vente que te doy un abrazo y nos entregamos a los cantos regionales”) finalmente conseguís llegar a Madrid sin que nadie se quede embarazado por el camino. Entonces no se os ocurre otra idea mejor que ir a tomar la última a casa de un pobre pollo que se atrevió a decir que no estaban sus padres. Y como a todo el mundo le pareció una idea buenísima ahí que os fuisteis a comprar más alcohol, no fuera que alguien pasara sed.

En estas que ves que tu becaria la histérica del bus se pone a hablar en balleno con el becario 2, y como eres una corta-rollos, en vez de dejarles ir mamados perdidos en coche, haces por lo menos que tu becaria vaya en taxi. Y en qué momento se te ocurre…

Entráis en el taxi y tu becaria, que decide que tiene calor, saca una pierna entera por la ventana. Y luego medio cuerpo. Y luego se pone a saludar a los coches con la cabeza fuera como si fuera un perrillo. Y tú mientras tanto transmutada en profe de guardería, te pasas todo el trayecto rollo “Menganita, que metas esa pierna en el coche”, “Menganita que te pares quieta, “Menganita que no llames a tu ex-”… Y ya para terminar, cuando llegáis al destino, la chiquilla, que iba como el pico de una plancha, se ofrece a pagar al conductor en carne. EN CARNE. Intentando que tu becaria no se prostituya y menos por un taxi, sacas la tarjeta al grito de “No amable señor, ya le pago yo con dinero!!”

La otra que lo oye y se engancha un cabreo de los que hacen historia porque no entiende cómo puede ser que no te parezca una magnifica idea que el taxi os salga gratis, ya que su maligno plan, era engañar al taxista y echar a correr. Sales del taxi, la sacas de ahí como si de un saco de patatas se tratase y la remolcas hasta la casa en la que os vais a tomar las copas. No te parece prudente que esa niña beba más, pero tampoco te lo parece mandarla sola en un taxi, así que optas por supervisarla por si se muere o algo.

Ya en casa del fulano, con tus compis de la ofi que se han convertido en el reparto de the walking dead, tu becaria se pone a mandarle notas de voz a su madre. A las 2 de la mañana. Y en croata. No te inmutas demasiado (ella verá lo que hace) hasta que ves que en sus notas de voz, empieza a salir tu nombre. Vuelve a salir la señora de mediana edad de tu interior (nunca habías pensado que podías tener un trastorno de personalidad múltiple de esas características) y acabas hablando tú con la pobre madre de tu becaria y prometiendo a la buena mujer que vas a mandar a la inconsciente de su hija a casa en taxi. Y a poder ser viva. Te tiras media noche pastoreando gente y te piras a casa sobria y rezando para que todos los pollos lleguen a casa enteros y no descuartizados en cualquier cuneta.

Y cuando al día siguiente comentas con tu novio escandalizada las sangres, los gritos y las ideas peregrinas a la voz de “sujétame la copa, mira lo que hago” de pronto te paras y te descojonas tu sola. Que sabes que cuarto y mitad de lo que hacían tus pollos ayer, ya lo has hecho tú, y que si se dan determinadas circunstancias, te parecería una idea buenísima hacerlo de nuevo. A fin de cuentas, y aunque te hagas mayor, entre tus múltiples personalidades ocultas siempre tendrás ahí una becaria salvaje.