Ir al gimnasio y otras prácticas sadomasoquistas

Las vacaciones de verano molan. Es uno de esos felices momentos del año en los que puedes estar bebiendo y comiendo porquerías durante todo el día, sin preocuparte porque la operación bikini ya ha terminado, y no tienes que pasar el mal rato de jugarte la vida intentando entrar en uno de esos trajes de baño de ingeniería avanzada en un probador diminuto de oysho (por mucho que están diseñados para retener todas las carnes en su sitio, señores fabricantes, aparentemente no están concebidos para que un ser humano medio sepa entrar en ellos manteniendo los órganos internos intactos).

Pero claro, cuando llegas a Madrid y tienes que volver a currar, tu ropa de oficinista seria, mágicamente ha encogido. Te vuelves a poner a dieta (horror horrible donde los haya) y viendo que ya te acercas a una edad, te planteas hacer algo con ese cubo de gelatina en el que se ha convertido tu pandero. Así que motivada (sería más adecuado decir “arrastrada”) por tu insistente y entusiasta hermana pequeña, te decides a tirar tus principios a la basura y vas con ella a probar un gimnasio.

Tú, que toda la vida has dicho que no sudas en público porque es una ordinariez. Tú, a quien nunca ha visto nadie en chándal porque no posees tal prenda. Tú, que naciste sin coordinación ojo-mano-pie. Pues todos esos tues os vais al gimnasio ya que, en vista de tu poco piadoso comportamiento pasado, tienes bien claro que Dios no va a obrar el milagro de hacer que te despiertes un día de pronto con el cuerpo de Adriana Lima.

Pues ahí que te vas con tu hermana. Y nada más decirlo aparece el primer problema. Estás entre cero y nada familiarizada con la ropa de gimnasia, y en cuanto te vistes (o mejor dicho, te disfrazas) te das tanta vergüenza ajena que no quieres salir de casa. Si unimos eso al hecho de que (a) ni siquiera te puedes pintar un poco el ojo; (b) el pelo lo tienes que llevar recogido; y (c) esa ropa que llevas puesta no colabora en absoluto con tu causa – hola lorzas, que tal?- lo único que quieres es ponerte el pijama, tirarte en el sofá y esperar tranquilamente a que llegue el invierno, estación preciosa en la que nadie va a ver lo poco tonificadas que tienes las piernas.

Obviamente, el implacable carácter de sargento de tu hermana, no permite la opción del sofá, así que en algo que para tí es una suerte de espectáculo de humillación pública extrema, te lleva a un gimnasio de al lado de casa para que lo pruebes. Deberías haber previsto el desastre en el momento en el que tu hermana te dijo que no hacía falta que lo buscaras en internet, que ya te llevaba ella…

Llegáis ahí y simplemente la pinta de la señorita del mostrador te asusta, ya que tiene pinta de no haber catado los carbohidratos desde 1996. Saluda a tu hermana como si fueran best friends, y te mira a ti como un perro mirando un filete. La chiquita descarbohidratada se pone a contarle a tu hermana no se qué de una clase de super ultra body destroying (o eso es lo que tú entiendes) y le dice que no se preocupe, que ella se encarga de ti. Cómo que se encarga de ti?? De ti ya te encargas tú solita, no quieres ir a jugar con esa a nada. Que sabes que te mata, y probablemente de alguna forma cruel y dolorosa que implique una bici estática o cualquier otro artilugio mecánico cuyo funcionamiento tú desconoces.

Oye pues no. Tú hermana se va tan feliz a su clase de morir pagando, y tú te quedas con la mujer-de-titanio. Te lleva sin perder un segundo a una especie de sala horrible llena de maquinas de tortura con un montón de gente contorsionándose en ellas. Nada más entrar te llega una intensa bocanada de sudor ajeno, que combinado con los 300 grados de más que tiene la habitación te lleva al borde del desmayo. Pero por dios, es que el gimnasio no puede ser limpio?? Tiene que tener siempre todo ese olorcillo a humanidad?? Tan mal te has portado en una vida anterior, que tienes que purgar ahi todos tus males??

Te conduce a una cinta de correr de la era espacial, te montas en ella inocente como un lirio en primavera, y la muy pécora, te la enciende sin avisar ni nada, mientras parlotea sin parar de los maravillosos efectos quemagrasa de correr con no se sabe qué inclinación. A ti, que no consigues recordar cuándo fue la última vez que corriste, te da un amago de infarto mientras intentas recordar la secuencia de comandos que pulsó la loca esa para parar la máquina de las narices. Justo cuando crees que lo vas a conseguir, el fulano de la maquina de al lado (que siendo bondadosa, calificas como “de constitución ancha”), hace un movimiento espasmódico con el brazo, señal inequívoca de que va a morir, y te suelta un salpicón de sudor que te mancha todo el brazo.

MADRE DEL AMOR HERMOSO. Pegas un salto digno de cualquier olimpiada, sales de la cinta y te vas corriendo a la calle a buscar una farmacia en la que comprar alcohol de quemar para desinfectarte. Y en la calle, con el movil en la mano a lo Escarlata O’Hara, pones a Dios por testigo de que aunque tengas que pasar hambre y montarte una sala de entrenamiento en el cuarto de invitados, jamas, pero JAMÁS, volverás a someterte a semejante cosa. Ya harás sentadillas en la intimidad de tu domicilio sin fulanos regordetes que te suden al lado.

Que el gimnasio estará muy bien, pero para el que le guste. Que tú siempre has sido más de sudar en privado.