La vida en streaming

Domingo por la mañana. No tienes muy claro que hora es, pero al menos sí que ves que es de día. Te despiertas en medio de un nido de sábanas, mantas y almohadones al más puro estilo oruguita feliz. Te alegras (mucho) al comprobar que es tu cama, lo cual es buen comienzo. Mientras intentas desenredarte de todo aquello y salir de la cama como las personas normales, intentas encender tu pobrecito cerebro, hacer el pertinente recuento de hechos importantes de la noche anterior y comprobar que no has perdido por los bares las cosas importantes: llaves de casa, tarjeta de crédito, DNI y móvil.

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Las llaves sabes que las tienes ya que (afortunadamente) has amanecido en tu casa y de alguna manera has tenido que entrar. Localizas la cartera enredada en un calcetín y ves que el DNI y la tarjeta están. Bieeeeeeeen!! Lo que te gastaste ayer, ya es otro cantar pero bueno, vamos paso a paso. De pronto oyes un ruido que viene del salón. Ligero microinfarto. Por el amor de Dios todopoderoso, su santa madre y todo tipo de seres celestiales que no haya nadie en tu casa, que no estás tú para conversaciones mañaneras. Te armas de valor, coges lo primero que te encuentras que puede servir como arma (que resulta ser un zapato) y te vas al salón fingiendo una presencia de ánimo de la cual claramente careces, que llevas muy poco tiempo despierta como para hacerle al hipotético amiguete una de “y ahora si no te importa te vas”.

Llegas al salón, y el ruido ese resulta ser tu móvil. Vuelves a respirar y echas una ojeada al salón, que por cierto, es igual que Kosovo recién bombardeado. Te arrellanas en el sofá (fase oruguita feliz 2) y revisas el móvil para ver si a) has llamado a quien no debías; b) has mandado whatsapps que claramente no tenías que mandar; y c) si hay alguna foto en facebook que tengas que denunciar.

Tras unos momentos de leve pánico mientras compruebas que al parecer ayer no debiste de liarla mucho y descubrir las llaves detrás de un cojín en el sofá, te calzas la primera coca-cola zero del día y comienzas a unir retazos de lo que hiciste ayer. Puedes resumirlo en copitas por aquí, copitas por acá, y un moreno muy salao que por allí pasaba.

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Tiras de whatsapp y empiezas a dar el parte a las amigas con las que saliste el día anterior, y a tu colega, que es como tu hermano postizo, que te escribe todos los domingos por la mañana para verificar que nadie te ha descuartizado ni repartido tus restos por diferentes contenedores de Madrid (santa paciencia que tiene ese pobre, no podía haberse buscado una hermana pequeña de mentira con más tendencia al jaleo).

Una vez que todo el mundo sabe que estás alive and kicking, te acuerdas de que habías quedado para comer con tu amiga-la-casada, y te lanzas a la ducha para intentar llegar menos tarde de lo habitual. Te fabricas una cara (a veces hace falta casi escuadra y cartabón para recomponer aquello) mientras te inventas excusas para justificar lo tarde que evidentemente vas a llegar, te pones lo primero que te encuentras y te lanzas a la calle rezando para encontrar un taxi.

Llegas al restaurante, y desde antes de que tu amiga abra la boca ya sabes por sus cejas desaprobadoras que te va a echar la bronca (madre del amor hermoso, cuánto se parece a tu madre cuando te hace eso!) No han pasado ni 10 minutos cuando ya te está turrando la oreja con que te estás acercando a los 30 años y que salvo el curro y la hipoteca, sigues por ahí como si fueras la versión femenina y levemente perversa de Peter Pan, lo que pasa es que tú en vez de zorrear con las sirenas te dedicas a pasartelo pipa con los niños perdidos.

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Mientras asientes con la cabeza sin escuchar nada de lo que te está diciendo, empiezas a pensar en lo distinta que es su vida. Todo tan sensato. Todo tan equilibrado. Todo tan aburriiiiido. Sin sorpresas, sin sobresaltos (ni para bien ni para mal) siempre según el plan, sabiendo exactamente qué será lo que hay a la vuelta de la esquina. Cuál será la siguiente escena. Es como si se hubiera descargado una serie de internet, se hubiera quedado sin conexión y se dedicara a verla una y otra vez, una y otra vez. Sabes que ella quiere que tengas una vida parecida a la tuya y que todo lo que te dice es por tu bien.

Y probablemente tenga razón, pero es que tu no quieres eso, 0 al menos no ahora. No has encontrado aún una serie que estés dispuesta a descargarte para ver todos los días, el wifi te funciona a la perfección, estás en streaming y te lo pasas condenadamente bien. Qué te gusta a ti ver capítulos piloto, so ladrona! Ya te llegará el punto en el que te aburras de depender de lo que haya en youtube y quieras hacer planes de sofá y manta con la misma película.

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Pero de momento no. Mientras tu amiga sigue con lo mismo (no parece darse cuenta de que hace 45 minutos que en tu cabeza hay un mono con platillos) te acuerdas de lo que le dijiste a uno de tus últimos pilles para darle boleta. Que tu vida era como ir de compras y que estabas buscando unos zapatos, y que aunque él era muy majo y tal y cual, en realidad para ti era como un jersey, y que no te lo ibas a comprar (true story). Pensándolo bien, es uno de los ejemplos más accurate que has puesto en tu vida. Te gusta ver escaparates, probarte cosas y buscar zapatos, aunque luego no te los compres porque no son lo que quieres en realidad (demasiado grandes, demasiado pequeños, demasiado vestidos, demasiado informales… te lo pasas genial probándotelos pero sabes que solo por un rato. Y mientras tanto sigues paseando sin zapatos por un inmenso centro comercial de risas con tus colegas. Y es que en realidad, si no los encuentras, sinceramente te da igual.

Que lo mismo a ti lo que te gusta es ir descalza. Just saying.