“Qué bien, estoy enferma un viernes!” dijo nadie nunca

Todo el mundo tiene gripe. Y tú como te apuntas a todas las modas, no has tenido nada mejor que hacer que contagiarte de todas y cada una de las personas enfermas de tu entorno. Hala, toma gripe que es gratis.

Y como Noé, que cogió una pareja de cada animal para meterla en el barquito del anuncio de Axe, tu has ido pillando el síntoma más asqueroso y desagradable de cada simpático donante de virus, de tan feliz manera que llevas toda la semana convertida en la fábrica de mocos más glamurosa de este lado del manzanares, tosiendo como si llevaras fumando tabaco negro 55 años y con un dolor de cabeza que hace que te den ganas de arrancarte los ojos y comértelos. No sabemos bien qué pretendes conseguir con semejante práctica en tus ojos, como no sea morirte del asco y terminar de una vez con tu sufrimiento, pero no te vamos a juzgar.

Además de sentirte poco más o menos como un enfermo terminal (ya te vale morena, qué mala enferma eres) llevas toda la semana aguantando la cantinela de todos tus amigos/compis de trabajo/compis de tu curso de conta/la vecina del tercero gritando a los cuatro vientos la mala cara que tienes (no hay cosa que más levante el ánimo cuando una está enferma, que te vengan 20 personas distintas al día a repetir lo feísima que estas) y obsequiándote cada uno de ellos con un remedio infalible para tus males. Y aquí abrimos el catálogo de drogas varias y experimentos raros como el de media cebolla cocida el leche y espolvoreada con no se qué hierbajo de un camino.

Tanto es así que te estás empezando a plantear si tienes tan mala pinta que tus amigos en realidad lo que quieren hacer es rematarte para que no sufras más, igual que hacen con los caballos, por lo que entre moco, tos y gargajo repugnante apuntas en tu cuaderno mental de notas “cambiar de amigos” en tu lista de “to-dos”.

Y ya lo mejor de todo llega cuando te cruzas con tu jefe por un pasillo, te saluda y le contestas con tu melodiosa y gripal voz (que se parece mucho a como sonaría el hijo secreto de una rana y un san bernardo) a poder ser seguido de una tos como de sacar medio pulmón por la nariz de un momento a otro. El hombre te mira y mientras intenta protegerse de la epidemia que en estos momentos ve en ti (sabes que está a punto de regarte con el bote de glassex multiusos que la señora de la limpieza ha olvidado muy convenientemente al lado de una maceta cercana para ver si te desinfecta o en su defecto te disuelves) te dice “pero mujer, que estás fatal, por qué no te vas a casa y te tomas el día con calma?”

Le miras y en vez de gritarle “porque como me pire a mi casa lo mismo no vuelvo, que ahora que veo que puedo morir en cualquier momento de esta gripe monstruosa no quiero seguir desperdiciando mi vida entre cuatro paredes así que ahahahah lo dejo todo y me voy a cultivar orquídeas a algún lugar bonito de Asia” recuerdas que tienes una hipoteca, recuperas la cordura (a fin de cuentas el pobre hombre sólo te ha dicho q te vayas a morirte a tu casa que les ciscas la oficina) sonries con tus 835 dientes y entre tos, estornudo y flema dices “no hombre no, si sólo es una gripe. Estoy bien, no te preocupes…”

Él hace como que te cree, pero cuando llegas a tu despacho te encuentras con unos señores muy raros vestidos como los de breaking bad que te quieren fumigar hasta el DNI no vaya a ser que vayas repartiendo por ahí tus virus al resto de empleados y alguno tenga la ridícula ocurrencia de quedarse en casa recuperándose. Todo el mundo sabe que mientras haya constantes vitales, se está lo suficientemente bien como para ir a trabajar…

Pero bueno, ya has sobrevivido toda la semana, así que ya puedes volver a tu cripta de almohadas, mantas y edredones y llamar a tu madre para que te haga sopita de arroz con pollo. Que somos todos muy mayores menos cuando estamos enfermitos.