Problemas del primer mundo: Te vas de casa y no tienes para comprar cucharas

Hace un año decidiste que estabas harta y que era el momento adecuado para dar un paso más en tu vida. Y así a lo loco y sin pensar mucho, te cambiaste de curro, empezaste a evaluar muy seriamente hacia dónde iba tu relación con ese novio al que terminaste por dejar justo coincidiendo con nuestro primer post, y te compraste un piso monísimo para independizarte igual que en las pelis.

Bienvenida a una nueva época de emoción, aventuras y regocijo en la que no tendré que dar explicaciones a nadie, gritaste. Me lanzo a la vida de adulto, y a lo grande, pensaste. Porque yo lo valgo L’oreal. Ole.

JA JA JA. Pero dónde vas niña inconsciente?!?

Lo del novio, estupendo, era algo que sabías que tenías que hacer, básicamente porque no iba a ningún sitio pero no te daba la gana de reconocerlo. Lo del curro, pues oye, un cambio viene bien, y sobre todo cuando te estabas empezando a plantear muy seriamente plantarte un día en tu oficina con una katana y darles mazapán a todos por tocapelotas. Pero lo del piso… confiesa que no sabías donde te estabas metiendo morena!

El proceso de busca y captura de piso es hasta divertido, viendo casas y sacándoles faltas como si fueras Joaquín Torres en Sálvame. Vamos, como jugar a las muñecas pero con cosas tamaño natural. Pero luego llega el momento en el que ves un piso que te encanta y te lanzas a hacer una oferta, sin darte cuenta al parecer de que estas hablando de dinero de verdad. Y cuando el desvergonzado del vendedor, va y te la acepta, solo puedes pensar que, madre del amor hermoso, que ahora tienes que pagar!! Sí hija sí, todos esos años de esfuerzo y sacrificio echando más horas que el reloj en la oficina para conseguir leuros leuros dubidú con los que comprarte bolsos, zapatos y cosas igualmente importantes se van a ir por la puerta todos toditos en el momento exacto en el que firmes el contrato.

Y si solo fuera eso… Como de vez en cuando te dan brotes psicóticos y te crees Anastasia la hija perdida de los zares, la oferta que has hecho hace que tengas que pedir una hipoteca. Qué digo hipoteca. Eso es un hipotecón como un castillo de grande, con sus almenas, su puente levadizo, su foso y su princesa custodiada por un dragón. Tu sueldo no es que fuera una maravilla, pero cuando lo ves al lado de la hipoteca que te crujen al mes, te dan ganas de echarte a llorar. Pero bueno, ahí que te vas con tus padres, que son los únicos adultos responsables que conoces (contándote a ti, evidentemente) para firmar el contrato con el notario, el vendedor, el señor de la inmobiliaria y la madre que los trajo a todos.

Firmas la compra, la hipoteca y todos los seguros de vida, de robo, de huracán y de ataque alienígena que el banco amablemente te “aconseja” que suscribas, de forma que para cuando sales de ahí, ya has perdido casi todo tu dinero (te queda un poquillo para la remodelación del piso), te has endeudado de por vida  y le has prometido al banco que en caso de impago le entregas tu alma inmortal, una libra de tu carne y a tu hijo primogénito.

Y después de semejante violación de tu cuenta corriente, llega el momento feliz de empezar con la necesaria obra de tu nueva casa, más que nada porque si la dejas como está se te va a aparecer la condesa de Bathory que sabes que está emparedada en el tabique raro del cuarto de invitados que suena a hueco.

Tus padres siempre te dijeron que era importantísimo saber idiomas para entenderte con la gente. Pues bien, es totalmente cierto, pero como nunca te dio por estudiar rumano, te resulta completamente imposible entenderte con los obreros para explicarles qué quieres hacer exactamente con la casa. Lo intentas con dibujos, lo intentas con diagramas y cuando todo falla, recurres a tu último recurso… tu madre. Y con el poder de infalibilidad de las madres que ríete tu del Papa, ella te lleva la obra, se pega con quien se tenga que pegar y se ocupa de que no te pongan los enchufes dentro de la ducha por ejemplo. Pierdes en autonomía, pero lo que ganas en salud mental no tiene precio…

Y según avanza la obra de la casa, empiezas a mirar muebles. Ves cosas no se, en plan como ideales. Luego miras lo que te queda en la cuenta después de la compra, la obra y tu nula capacidad de ahorro por tu gran amiga la hipoteca y decides que puedes darle un toque boho-chic a tu casa poniendo un cartón en el suelo a modo de sofá y hacer una fiesta de inauguración de tu casa en la que los invitados tengan que traerte de regalo un artículo de menaje. Y la comida y la bebida ya puestos. Los muebles están sobrevalorados, con una silla plegable y una mesa de camping te apañas (o al menos eso te dices una y otra vez mientras te sientas en un rincón abrazándote a ti misma y balanceándote como en trance).

Es justo en ese momento cuando empiezas a desarrollar un extraño apego a elementos tan absurdos como las cucharas, las toallas de ducha y las sábanas de tu casa, básicamente porque sabes que a) no te las vas a poder permitir, y b) no has visto suficientes bricomanías ni art attacks como para poder fabricartelos tú. Después de mucho verte penar por los pasillos de casa llorando y sufriendo por no tener ni para platos de plástico cuando te vayas de casa, tus padres que aunque han sido bendecidos con toneladas de paciencia están llegando al límite de lo humanamente soportable, te echan una mano con los muebles y demás, para que no tengas que vivir a lo indigente-chic y sobre todo para que te calles ya de una vez, que los vecinos están preocupados por los alaridos angustiosos que sueltas cada vez que ves un catálogo de Ikea.

Adiós,me voy de casa! - y de paso me llevo también la tarjeta...

Pero bueno, todo esto ya casi ha pasado. Estás a puntito de mudarte, has conseguido comprar lo básico para vivir a lo primer mundo y después de mucho hacer excels viendo cual es tu presupuesto mensual para existir, ves que, a menos que te de por hacer locuras (cosa que aunque no puedes prometer evitar, sí que puedes prometer intentarlo) en principio vas a poder llevar por tu cuenta una vida autónoma y funcional. E incluso feliz.

  • Carmen

    Claro que si!!! estamos orgullosísimos de tu independencia!!! además, piensa que como pasas el día en la ofi tampoco tienes muchos gastos… =) jijijiji!!! ANIMO princesa!!! =)