Si los ligues se pudieran comer

A lo largo de tu corta pero intensa existencia has atesorado información suficiente (ya sea fruto de experiencias en carne propia o por vivencias ajenas) como para poder establecer una pequeña pero útil clasificación de ligues basada, como no puede ser de otra manera, en cosas de comer. Y aunque te la sepas, como sabemos que no la tienes por escrito, pues aquí te damos lo tuyo morena.

- Tse Yang: Sabes que te sale cariiiiiiiiisimo, pero te encanta ese sitio. Podrías desayunar, comer y cenar ahí todos los días. Pero quien no puede es tu tarjeta de crédito, que al de dos días así estaría gritando pidiendo auxilio cada que vez que notara que abres la cartera. En el mundo de los rolletes, es lo que se llama una relación con high maintenance. Y no tiene por qué ser necesariamente económico ese “alto mantenimiento”, puede ser emocional, sexual o lo que sea, pero vamos, que sería el típico rollete que te está matando en vida porque no te da la existencia. Ya sabes, esas cosas tormentosas y angustiosas con las que despiertas a tus amigas a las 12.30 de la mañana de un domingo, para ver qué opinan y luego hacer lo que te salga del mismísimo pie. Tú verás lo que haces, pero si terminas lavando platos, a mi no me vengas a llorar.

- de María: Vale, se come bien. Pero sale caro que flipas, y nunca estás muy segura de si te ha merecido la pena el gasto. Vamos, es cuando te maqueas ad infinitum (con todo el esfuerzo depilatorio y gasto en cremas y maquillajes que supone) te vistes ideal de la muerte e  inviertes 2 horas en hacerte el pelo para luego volverte a casa con el morro torcido, porque aunque te lo has pasado bien, lo llegas a saber y te pones un vaquero y una camiseta, que va que chuta. Y te ahorras el modelazo para otra ocasión que merezca la pena. Lo que viene a ser un rollete que sin más, ni frío ni calor. Así como de transición.

- El sushibar: Al principio todo es tan guay, tan exótico, tan interesante y tan chachipiruli que te parece que podrías estar probando makis toda la vida. Hasta que de pronto te das cuenta de que si te comes un estúpido grano de arroz más le declararás la guerra a Japón oficialmente y masacrarás a sus inocentes gentes, desde el primer pokemon hasta el último niño azul de película de miedo. Su equivalente sería ese chico tan fantabuloso que sabe de todo, lee libros que nunca te planteaste que se podían escribir, y ve películas que en Sundance no te ponen por raras. Ese que al principio te encanta y te fascina. Ese mismo, que al de dos meses quieres encerrar en una habitación con los de quien quiere casarse con mi hijo para ver si le revienta la cabeza de una vez. En resumen, ese tipo de ligues son para un ratito, a menos que tú también seas una hipster insufrible, en cuyo caso no te digo nada. Que yo también tengo mis taras :).

 

- El vips: Queda justo en la frontera entre lo que presentarías a tus padres y lo que no. Es medio agradable, familiar, y bastante fiable, de forma que sabes más o menos lo que te puedes esperar de ello (vamos, cositas muy básicas, un fundy o’clock y un vips club y para casa que se hace tarde, pero ni tan mal) y no te importa que te vean en la puerta de uno de día. Debido a su user-friendliness, es probable que alguna de tus amigas haya comido allí ya, por lo que podéis intercambiar anécdotas (si es que no os da grimilla). Por último, y aunque sabes que no celebras con ilusión irte al vips a comer, chica, tampoco no es ningún trauma.

- El 7/11: También conocido como “el Sprint”, o “los chinos”. Es ese típico número fijo en tu chorbagenda (sí, las chicas también tenemos de eso, y la que diga que no, miente) al que sabes que terminarás por recurrir tarde o temprano, y sobre todo en períodos prolongados de sequía o justo después de rupturas y cosas de esas. Y por qué? pues porque igual que las tiendas Sprint, los chinos y el 7/11, casi siempre estan abiertas para tí, el producto es más o menos fiable y no les importa demasiado lo indecentemente borracha que vayas cuando apareces en su puerta. Ya sabes que normalmente de día no irías a un sitio de esos a hacer la compra, pero si todo lo demás esta cerrado y tienes una necesidad extrema de… phoskitos, por ejemplo, pues ya sabes que a malas malas, siempre puedes tirar de ellos en plan urgencia. Lo malo es que como siempre está ahí, no lo valoras hasta que te lo encuentras cerrado, en cuyo caso pueden pasar dos cosas: que te vayas a casa con hambre y sed de justicia; o que te acabes zampando un kebab.

- El kebab: Es la digievolución sórdida del 7/11. O lo que es lo mismo, algo que a las 7 de la mañana al salir de la discoteca de turno te parece suuuuuper buena idea comerte, básicamente porque vas ebria cual araña fumigada, pero cuyos restos miras con horror al día siguiente, ya que en estado normal  pero es que ni de coña te comes eso. Ya sabes, el típico rollete que reconoces en la reunión-general-del-dia-siguiente en Starbucks con cara de circunstancia y la mano en la clavícula, rollo sujetándote el collar de perlas cual escandalizada dama de la alta sociedad.

- Mi sitio favorito: Ese lugar en el que la comida es fantástica, el sitio es ideal, te tratan a las mil maravillas y encima no es nada caro. Y su equivalente en Ligueworld, sería el (oh, suspiros, chocolate y corazones) el amor de tu vida. Siento tener que decirte que igual que los reyes magos y la jornada intensiva en verano, esa cosa no existe, son los padres. Acuérdate de que igual que con 15 años te encantaba el vips, con 19 te dió por el sushi y a los 25 por el Tse Yang (hasta que pusiste una hipoteca en tu vida y tuviste que elegir) “tu sitio favorito” es una cosa que va variando a lo largo de tu vida en función de lo que te vaya interesando en cada momento y del tipo de persona en que te estes convirtiendo. Y del mismo modo que ahora miras atrás y dices “pero qué le vería yo de especial al vips?” o “cómo aguanté yo tres años con este gilipollas?” llegará un momento en que de pronto entres en un restaurante y pienses “pero dónde has estado todo este tiempo?”