Aeropuertos y otros infiernos

Como ha pasado ya tanto tiempo desde que volviste de vacaciones que ya no te acuerdas, has decidido pillarte un fin de semana largo de desenfreno y “cambio-de-aires” para ver si de una vez cargas las pilas y coges ya el ritmo de trabajo de antes de verano. Que llevas casi un mes en un plan caribeño que no se yo de qué vas.

Reservas los vuelos, pillas el hotel y secuestras a tres amigas a las que les apetece currar lo mismo que a ti (entre poco y nada). Ja, como que iba a ser así de sencillo. Antes de poder montarte en ese avión, tienes que pasar por tachán tachán… Barajas! Bieeeeen!!! Ese fantástico aeropuerto diseñado específicamente para torturarte y en el que siempre siempre siempre te pasan cosas. Cosas malas, he de decir. De hecho sabes que cuando mueras y vayas al infierno te tocará pasarte la eternidad vagando por las terminales.

Pero no te queda otra que pasar por tan enojoso trámite, así que ahí que te vas con tus amigas. Y empieza el jaleo. Como no está el patio como para ir de mujeres ricas, habéis cogido los vuelos con Ryanair, de manera que para respetar su “suuuuper razonable” política de equipajes de mano, has tenido que envasar al vacío tus cosas para que entren en una maleta tamaño neceser de maquillaje, haciendo una auténtica labor de ingeniería para optimizar el espacio y conseguir meter hasta el cargador del móvil. Eres consciente de que te estas dejando la mitad de las cosas que deberías llevar, pero bueno.  Así que más o menos tranquila, te diriges hacia el arco de seguridad custodiado por un grupillo de personas que tienen toda la pinta de haberse pasado la adolescencia y parte de su edad adulta chupando limón.

Con tu mejor sonrisa dejas la maleta, la chaqueta y todo lo que llevas en los bolsillos en las bandejitas esas como de comedor de presidiario, para que las pasen por la máquina-túnel-de-la-bruja e intentas pasar por el arco. Evidentemente pitas. A pesar de que llevas unas bailarinas de H&M que a) es imposible que lleven ningún componente pitable, y b) tienen la imposibilidad física de esconder nada en su interior, porque son unas fucking bailarinas, te hacen descalzarte y pasear arco arriba y arco abajo. Para qué darte los cubre pies esos de plástico chungo? así aprovechan y les limpias media terminal con las medias. Mientras caminas, consideras mentalmente la amputación porque no va a haber manera humana de desinfectarte los pies después de aquello.

Pasas y vuelves a pitar. Te planteas arrancarte el retenedor que te dejaron cuando te quitaron la ortodoncia. Te miran para ver si te puedes quitar algo más pero como estas medio en bolas ya (la dignidad hace un ratito que la has perdido por algún sitio), te pasan a directamente al cacheo-sobeteo. Ahí, una señora agradable como un dolor de ovarios, comprueba que no llevas armas de destrucción como ¡Oh, no lo quiera el señor! una lima de uñas.

Cuando deciden que no llevas encima nada que pueda hacer implosionar el universo, y crees que ya estas libre, vas a por tu maleta. Pero tu maleta no está, porque el señor de los rayos X ha visto “algo sospechoso” en tu equipaje. Te das de cabezazos contra el arco de seguridad con el consiguiente sobresalto del resto de los viajeros y te vas diligentemente con el fulano que te esta mirando la maleta. Para tu horror ves como la abre y se pone a remover en plan niña-pequeña-en-el-armario-de-mamá el equipaje que tan milimétricamente habías preparado. Eso ya no lo vuelve a cerrar ni Jesucristo en uno de sus mejores días. Lloras. El rebuscador te ve llorar y piensa que estás escondiendo drogas, armas o incluso limas de uñas, así que vuelve a su tarea con más energía (y menos cuidado).

Como ve que no hay nada (en la maleta a duras penas te entran los vaqueros, estás tú como para meter una ballesta) coge un trapito y se pone a frotártelo por la maleta. No sabes que está haciendo y le miras desconcertada, hasta que te dice que es un test antidroga. Fenomenal, ahora tienes pinta de camella. Ya sabías tú que el flequillo no era buena idea… Termina por fin de marear tu maleta, cuyo contenido conoce ahora medio aeropuerto y te la devuelve convertida en un bonito destrozo, de manera que tienes que volver a embutir tus cosas en el reducido espacio mientras una de tus amigas te ayuda, la otra (que es una agorera) dice que vais a perder el avión, y la tercera vuelve de comprar 6 millones de revistas.

La maleta te ha quedado llena de tumores y bultos, pero al menos está cerrada. Aunque tiene una curiosa forma esférica. Y una de las cremalleras está gritando pidiendo auxilio. Vais corriendo a la puerta de embarque, que por supuesto esta en el otro lado del aeropuerto y cuando llegáis hay una cola de esas que dan la vuelta a la terminal. Os resignáis y os sentáis en el suelo a esperar a que embarquen, cosa que ocurrirá más o menos el día del juicio final, cuando de pronto la “encantadora” señorita del mostrador (que en una vida pasada fue marine) berrea que se ha cambiado la puerta de embarque a otra que está en Madagascar, de forma que os levantáis a toda prisa y echáis a correr antes de morir aplastadas por la estampida de viajeros enloquecidos, a lo Mufasa en el Rey León.

Llegáis por fin a la puerta de embarque correcta y cuando vais a pasar el control de tarjetas de embarque notas como la del mostrador te mira la maleta de manera rara. Muy rara. Y te mira. Y la miras. Te pide que metas tu maleta-huevo-tumoroso en la caja esa infernal para medir el tamaño. Y vuelves a llorar. Tus amigas muy voluntariosas ellas, empujan la maleta por el cacharrín como si les fuera la vida en ello, abren un trozo y os empezáis a poner ropa a lo loco, hasta que la pobrecita maleta consigue entrar. Con tan mala fortuna de que la metéis con demasiado ímpetu y luego la maleta no puede salir, por lo que comienza un apasionante campeonato de soka-tira entre tú, tus amigas, la maleta y un simpático señor de Albacete que se ofrece a ayudar. Para cuando conseguís solucionar aquello y entrar en el avión, el pasaje os recibe con aplausos, ya que como habéis acaparado el probador de maletas durante todo el proceso de embarque a nadie más se la han podido medir.

Te metes como puedes en el primer asiento que encuentras, entre un señor que probablemente se dedique profesionalmente al sumo y un niño de 6 años poseído por Belcebú, cuya madre está sentada muy convenientemente 6 filas más atrás con el resto de sus hijos normales. Y justo cuando intentas echarle un vistazo a la revista que has tenido que meterte enrollada en el bolsillo de la chaqueta, empieza la tómbola-bazar turco de Ryanair en la que anuncian la venta de los artículos más peregrinos.

Y juras que la próxima vez que te metas en un avión será uno que pilotes tú.