Córtate el flequillo, dijeron… Te quedará bien, dijeron…

Vuelves de las vacaciones de verano, y como no podía ser de otra manera, volver a Madrid en agosto te causa una depresión de caballo. Será quizás por la “agradable y veraniega” temperatura que supera con creces los 350.000 grados (la industria de la fundición de metal ha sufrido la mayor revolución de su historia: en lugar de utilizar hornos, dejan los trozos de hierro por la Castellana y esperan a que se derritan ellos solitos). O a lo mejor puede que sea por la ausencia total de personas en la ciudad (parece el escenario de una película de apocalipsis zombie). O probablemente por las ridículas fotos de los pies de tus amigos tomando el sol, mientras tú tienes que volver a engancharte los grilletes a la mesa del despacho (infausto sino el mio, oh señor, ten piedad de mi alma y llévame pronto).

Y cuando te estás planteando si es mejor idea cortarte las venas o dejártelas largas, de pronto piensas “Necesito un cambio en mi vida…y si en vez de cortarme las venas (que mancha muchísimo y luego la sangre se quita fatal) me corto el pelo??” Te parece que es mucho mejor plan, así que creas un grupo de whatsapp con todos los contactos de tu agenda, y haces una especie de estudio de mercado para que tus amigos te den su opinión sobre cómo deberías cortarte el pelo. Y cómo se nota que no es su pelo el que hay que cortar…

Les da por ponerse creativos y te empiezan a sugerir unas cosas con cuernos y mechas de colores (el estilo mermaid se lleva mucho al parecer) que dejarían a Lady Gaga a la altura de una bibliotecaria de pueblo. Todo ello con enlaces a artículos, fotos y tutoriales de youtube. Al enésimo corte scene-emo-gótico-punk que te envían, ya has perdido oficialmente el criterio, y estás en ese punto tan peligroso en el que un rapado de media cabeza te parece una idea a considerar. Oh. Dios. Mio.

Nota: no tienes nada en contra de los rapados de media cabeza, sólo que trabajas en un despacho de abogados y no quieres matar a tu jefe tejo milenario de un ataque al corazón. Bueno, en realidad sí que quieres, es la idea de ir a la cárcel lo que no te atrae. Así que mejor no.

Total, ahí que te vas a la pelu, como Juana de Arco a la guerra (en plan niña inconsciente). Te sientas en el sillón y con una sonrisa de oreja a oreja le dices a tu peluquera de cabecera “Hazme algo distinto, hoy quiero cambiar”. Está científicamente comprobado que eso es lo más peligroso que se le puede decir a un miembro del gremio del estilismo capilar. Y por qué? pues porque se emocionan. Y les da por intentar practicar ese-corte-de-pelo-tan-divertido que nunca han podido perpetrar en nadie (y sí, el término es perpetrar, he visto en Saw asesinatos menos gore que algunos cortes de pelo postveraniegos) Y claro, como tu peluquera lleva queriéndote cortar el pelo desde que le regalaron sus primeras tijeras, te dice “qué te parece si te haces un flequillo recto?? te puede quedar fenomenal…”

Nunca has llevado flequillo, y no estas muy segura de que tu cara pueda permitirse esos excesos, pero como es la sugerencia menos estrambótica que te han hecho en el día, vas y dices que sí. El brillo maníaco en los ojos de tu peluquera debería haberte avisado de que lo más sensato que deberías haber hecho en ese mismo instante, era salir corriendo del establecimiento agarrándote la cabeza con las dos manos gritando “NOOOO es miiiiooooo… miiii tesorooooooo!!!!!” Pero se te escapa porque justo acabas de compartir con tu grupo de whatsapp (asunto: cambio de look) la sugerencia feliz de la peluquera, y todos tus amigos están celebrando la idea con regocijo. Amigos… ya… A cualquier cosa se le llama hoy en día “amigo”. Valientes hijos de puta sería la denominación más adecuada.

Mientras la peluquera parlotea encantada de lo bien que te va a quedar un flequillo XXL, y lo mucho que van a destacar tus ojos (ay por dios, que no me los saque con el peine ese de puas, que parece un puñal) tú, que parece que no aprendes, te quedas quitecita y encantada hasta que te engancha un mechon delantero gigante, y antes de que puedas decir nada, ZAS! mechón al suelo.

Ay la que acabo de liar.

Ante tu cara de pánico, le peluquera te dice que te lo tiene que repasar, que ahora te termina el corte, te lo peina y que vas a quedar moníiiisima. Lo único en lo que piensas tú es que si llevas un gorro de lana que tape eso en agosto, la gente te va a mirar raro. Zas zas zas siguen haciendo las tijeras en torno a tu pobre cabeza. Esto ya no hay dios que lo tape. Madre del amor hermoso. Darán baja laboral por corte de pelo traumático??

Como es una peluquería pija, no paran de ofrecerte cafe o coca-cola. Tú dices que a menos que la coca-cola venga con ron (y a poder ser sin coca-cola) que no te interesa. Pero que una tila lo mismo sí que te tomas. O un lexatin, lo que tengan más a mano.

Ya por fín termina aquello y ves el resultado final. No es que no te guste el corte de pelo (que vale, reconoces que el pelo en sí no ha quedado mal) pero es que te ves rarísima. En plan que aquello no conjunta con tu cara. La peluquera te dice que pareces más joven (concretamente aparentas unos 14 años, lo que no sabes si es bueno o malo) y te empieza a enseñar a peinar aquello. Porque claro, olvidate de peinarte como siempre, que al parecer tu pelo “ha cambiado de personalidad” (exacto, eres la primera persona con pelo bipolar del mundo) y tienes que hacerle otras cosas. Vamos, que nunca has querido tener mascota para no tener que educarla, y ahora vas a tener que adiestrar tu melena. Tócate los bemoles.

On the bright side, al menos puedes decir que te has ido con lo que querías, un cambio. Así que no te amargues e intenta aprovechar esta revolución capilar como una oportunidad de hacer las cosas de otra manera (quien sabe, lo mismo has encontrado el look de tu vida!). Y si ves que no te hallas, pues chica, el pelo crece. Que un corte de pelo sea lo peor que te pase en la vida, mi querida reina del drama.