Cosas del verano: relevo generacional

Como ya nos enseñó el Rey León, el ciclo de la vida continúa y la gente crece y envejece (menos yo, que crezco, me cuezo y me enriquezco, pero de envejecer nada de nada). Y uno de los momentos en los que esto es más patente es cuando te vas de vacaciones a tu casa de veraneo, donde están tus amigos-de-toda-la-vida, y te reencuentras con tus primitos pequeños. Exacto, esos niños tan monos a los que alguna vez has cangureado y a los que comprabas chuches cuando se portaban bien. Esos mismos.

Esos mismos que de pronto, sin pedir permiso y sin avisar, tienen la ocurrencia de cumplir años y empezar a salir de fiesta por los mismos sitios que tú (ya que desgraciadamente el número de bares de verano no crece a medida que cumples años) para que a) te des cuenta de que si ellos se hacen mayores, tú también; y que b) tus amigos se transformen en una banda de depredadores sexuales que quieran ligar con ellos, ya que por primera vez los ven como potenciales objetivos de ligue de verano…

Llegas a la piscina con alegre despreocupación, tu toalla, tu bikini nuevo y la cuore (que es el máximo nivel de literatura que estás dispuesta a consumir en la pisci) y haces el típico corrito con tus amigos para comentar vuestras andanzas desde la última vez que os visteis (que si Mengano se ha casado, que si Fulano se ha divorciado y que si Perengano se ha ido a vivir a Viena a tirarse a todo lo que se mueva). Hasta ahí todo normal. Pero entonces sucede. Llega tu primita de 18 años con sus amigas, esas niñas que siempre has vist0 como a las super nenas, a las que hace dos días enseñaste a hacer pulseritas con trenzas, y a las que de pronto les han salido tetas, y te saluda. Hablas un ratín con ella, que si tus padres que tal, que si los míos fenomenal, que qué tal trabajando y que si al final te da la nota de selectividad para hacer farmacia, y os despedís. Pero cuando te vuelves a repantingar en tu toalla te das cuenta de que algo ha cambiado. Ves que mientras que tus amigas siguen escudriñando la celulitis de Christina Aguilera en la cuore (hay que ver pobre, que se ha puesto como una mesa camilla) tus amigos siguen a tu primita con la mirada como si fuera una aparición mariana. Y siguen en contemplación extasiada hasta que de pronto dice uno “Esa es tu prima?? cómo ha crecido, no?” seguido de risas socarronas en plan jojojo por parte de los demás chicos.

EXCUSE ME??? Te da un vuelco el corazón y los miras aterrada. No tendrán valor, te dices. Si es una cría. Buff, será una broma, piensas. Y entonces te acuerdas de que cuando tu tenías 18 tuviste más de una liaison con chicos de la edad que tienen tus amigos ahora. Y se te para la patata así en un momentito.

Haces un “jajaja, ni puta gracia” y vuelves a la cuore. Pero ya no te puedes concentrar en la celulitis de nadie porque sólo piensas en el terrible peligro que corre tu pobre primita. Que tus amigos son muy majos y tal, pero en plan para colegas. A lo largo de los más de 10 años de amistad que os unen, les has visto liársela petarda al 90% de las féminas de la población mundial que no componen vuestro grupo de amigos. Son de esos chicos que como amigos son la pera, pero como otra cosa son peores que una enfermedad venérea tropical. Aydiosaydiosaydios.

Los planes diurnos son bastante manejables, ahí a plena luz del día sabes perfectamente que no va a pasar nada más allá de un “hey, como va eso?” y un movimiento de melenas. El problema es por la noche. Y sobre todo cuando tus tíos, que son el paradigma de la inocencia, te dicen “oye, no te importará echarle un ojo a tu prima ya que vais a salir por los mismos sitios. Ya sabes, que vuelva a casa sana y salva y eso.”

Hala, encima con responsabilidades, como si no tuviera ya bastante presión. Pues como no te compres un montón de bozales y una correa, a ver como lo solucionas…

Las primeras horas de la noche te las arreglas con artimañas de prestidigitador para mantener al grupo de tu prima en general, y a tu prima en particular, a una distancia controlada de los gaznápidos de tus amigos, que ya están mirando a tu pobre e inocente primita con la misma cara que pone el coyote cuando ve al correcaminos. Y claro, eso unido al hecho de que las copillas que te has tomado (y los chupitos, I have the moves like jäger…meister) ya te están empezando a pasar factura, hace que te des cuenta de que no vas a poder manejar la situación toda la noche, por lo que optas por la vía diplomática. Hablando se entiende la gente. Y ahí, cuando no sabes si advertir a tu primita sobre las consecuencias del embarazo adolescente, o hablar seriamente con tus amigos sobre tu destreza en el manejo de armas blancas, te iluminas (eureka!) y tiras por la vía rápida, que consiste en lo siguiente: enganchas a tu prima y tras respirar hondo le dices “mis amigos tienen herpes”.

Oír aquello la cría y echar a correr es todo uno. Y cuando tus amigos vienen a preguntarte sorprendidos por qué de pronto el grupillo de amigas de tu prima ha desaparecido como por encanto, contestas “No os metáis con ellas, que son peques, mis pobres… Uy mirad, un rebaño de rubias tetonas a las que no me une ninguna relación de parentesco, por qué no vais a hablar con ellas??”

Has conseguido que tus amigos estén contentos y salvar a tu primita de sus garras. You win.