Noah Calhoun, Christian Grey y otros seres mitológicos

Yo reconozco que el cine siempre me ha tirado mucho. Soy la típica que cuando ve una peli (sea la que sea) se involucra en la trama a lo bestia, con la consiguiente emocionada que me pego después. Vamos, que cuando vi 300 quería ir a conquistar cosas con una lanza. Y cuando vi The Ring, estuve 7 días esperando muy juiciosamente a ver si me salía un bicho de la tele y me comía. Y no digo nada de cuando vi Los Miserables… No salí del cine montando un número musical con el resto de los espectadores porque ya vi que no me iban a seguir la coreografía que me había montado en la cabeza. Tiene eso algo de malo? En realidad no, siempre y cuando me dejen los objetos punzantes lejos de mi alcance por si me da por aquello de la conquista.

El problema real aparece cuando lo que me da por ver es ese género conocido como “películas romántica” (que en mi humilde opinión debería llamarse “ciencia ficción”). Y por qué digo que es un problema? Pues porque de manera muy razonable también, igual que cuando me quedo sola en casa las noches de tormenta, estoy esperando que se paseen por mi cuarto todos los asesinos psicópatas de Mentes Criminales (qué daño me ha hecho a mi Mediaset) cuando veo a Noah Calhoun escribiéndole cartas a Allie todos los días durante un año y manteniendo ese nivel de abdominales, a Jack dejándole los 30 metros cuadrados de tabla a Rose para que esté ella tumbada cómodamente mientras se hundía el Titanic, y a Mark Darcy aguantándole las neuras a Bridget Jones (y a Lizzy Bennet en Orgullo y Prejuicio), pues me da por creerme que los chicos son así, y así luego me pego estos disgustos.

Ah, y al hilo de hombres que no existen, no me hagáis hablar de Christian Grey… Me juego el flow de mis tres próximas reencarnaciones a que el 90% de las mujeres que están babeando por uno de los personajes más absurdamente dibujados de la historia de la literatura, si estuvieran en el lugar de Anastasia Steele, llamarían a la policía y pedirían órdenes de alejamiento varias antes de llegar al capítulo 3.

El problema al final es que (y aquí voy a utilizar la primera persona del plural, porque esto lo hacemos todas) nos creamos nosotras solas unas expectativas totalmente irreales y absurdas, y que es imposible que se cumplan. Y no digamos ya cuando la trama de la peli, por alguna desafortunada casualidad, se parece (o al menos dentro de nuestra cabeza) a cualquier situación por la que hayamos pasado en los últimos… no se, digamos 10 años. En ese caso sieeeempre esperamos que nuestra historia termine como la película que hemos visto, lo cual si lo pensamos en frío muy lógico no es. Así que vamos a dejar de pensar que las películas que protagoniza Molly Ringwald son documentales que describen la vida real, porque nos vamos a pasar la vida esperando a que venga un espectacular pedazo de hombre a llevarnos a un mundo de fantasía, ilusión, corazones y chocolate, y creedme que las probabilidades no son muy altas. No es que todos los hombres sean unos cabrones, o que nos tengamos que conformar con lo primero que pase por nuestra puerta, pero sí que estaría bien que dejáramos de exigir que desarrollaran poderes paranormales.

Las cosas como son. A día de hoy, las personas en general y los hombres en particular, no saben leer la mente. Y por mucho que nos parezca suuuper evidente la reacción que estamos esperando de nuestro novio/rollete/colega/amigo/whatever, en realidad para ellos no lo es. A modo de ejemplo, la última queja de “pero-que-malo-es-mi-novio” de una amiga mía. Habían quedado para ir al cine donde Jesucristo perdió la chancleta, por lo que en opinión de mi amiga, lo suyo es que él pasara a recogerla en coche, pero no lo hizo. Y por qué? pues porque ella le dijo “no te preocupes que ya voy sola en taxi”, él dijo “seguro?” y ella “sí, tranquilo” y evidentemente no insistió más.

Noah habría insistido? seguramente. Y Jack. Y Mark. Pero es que, amiga mia, ay que susto te voy a dar, son personajes de ficción.